Clonlara USA

7 ago. 2009

Una muestra del libro "Ayudando a las familias a ser libres"

Ofrecemos a nuestros seguidores una muestra del libro de la Dra. Pat Montgomery, esperamos que les guste, se trata del capítulo:

Las pequeñas raposas (abril-mayo 2001)


Las pequeñas raposas que destrozan las viñas en flor de las que habla el Cantar de los Cantares (1) me recuerdan a ese sinfín de pequeñas incertidumbres a las que tienen que hacer frente los padres y niños que optan por la educación en casa. ¡Y vaya si son variadas!
Pongamos, para empezar, el caso de parientes, amigos y vecinos. No son pocos los abuelos que llegan incluso a dudar de la salud mental de la pareja que decide tomar un rumbo distinto al habitual y seguir la senda menos trillada. Dejando de lado el hecho de que tal vez ya hayan cuestionado previamente la elección del cónyuge por parte de su hijo o hija, la crianza de sus nietos es un tema que naturalmente les preocupa. Y ahí es cuando surgen las cejas arqueadas, las preguntas e incluso las “pruebas” a las que someten a los niños cuando los padres no están presentes. Pero las suspicacias persisten más allá del ámbito familiar y tampoco los padres se libran a veces de las preguntas y cejas arqueadas de amigos y vecinos. La reiteración de este tipo de situaciones tan molestas mina la confianza de los padres y generan numerosas dudas. Son como las pequeñas raposas del pasaje bíblico.
Una madre me comentó recientemente las experiencias que le había tocado vivir con su suegra. En cada una de las visitas familiares, su suegra se las apañaba siempre para encontrar un momento en el que separar a la pareja y preguntar al marido en un tono amenazador que cómo era posible que su esposa pudiera enseñar a sus hijos si carecía del título de maestra y de experiencia docente. ¿Quién se creía que era? ¿Por qué persistía en aquel disparate?
A otra madre le preocupa que su hija de 9 años sea tímida y no muestre interés por participar en juegos y otras actividades sociales dentro de su grupo de educación en casa ¿deberia obligarlo a participar en este tipo de actividades?
Hace años, cuando Clonlara ofrecía Educación Infantil, algunos maestros me preguntaban de vez en cuando qué debían hacer para animar a los pequeños a abandonar la seguridad de su rodilla y lanzarse a participar en las actividades de grupo. “¿Por qué?”, les contestaba. “¿Es que tienes algún problema en la rodilla? Lo que hace un niño o una niña de 3 años es expresar sus necesidades del momento. Si necesita estar pegado a ti, no le des más vueltas. Muévete con el pequeño cogido de tu rodilla. No le des importancia, pues llegará un día en que ya no necesitará aferrarse a tu rodilla, y lo más probable es que ese día llegue antes de que el niño o la niña en cuestión cumpla, pongamos por caso, 22 años”. (¿Conoces a algún adulto tímido, mamá?)
¿Y qué pasa con esos niños a los que les gusta llevar puesto el pijama la mayor parte del día? ¿O con los que se van a la cama tarde y se despiertan tarde (las aves nocturnas)? ¿Es normal?
Pues bien, ¿no es cierto que a los adultos se les puede clasificar entre personas diurnas y nocturnas? ¿Por qué no puede hacerse lo mismo con los niños? Claro que es normal. ¿Puedes vivir con ello? He aquí la cuestión. En caso de que la respuesta sea negativa, es conveniente tratar el tema en una reunión o una serie de reuniones familiares con el fin de llegar a un acuerdo/compromiso. Se trata de una FAMILIA, de ahí la importancia de tener en cuenta las necesidades de cada uno de sus miembros. ¡Lo que es justo es justo!
¿Debería preocuparme el hecho de que a mi hijo le gusten los juegos de rol?
Esta pregunta me trae recuerdos de hace veinticinco años, cuando enseñaba a los alumnos de grado elemental superior el campus de nuestra escuela. Allí se presentaba cada día el “clan”, un grupo de unos siete chavales. Sacaban el juego de Dragones y Mazmorras a las 9 de la mañana y cuando el reloj daba las 2 de la tarde, allí seguían tramando y jugando. Sin apenas variaciones, aquella situación se prolongó por espacio de meses. A menudo, ni siquiera estaban propiamente jugando; así, por ejemplo, antes de empezar una nueva partida, debían decidir quién iba a desempeñar el papel de “amo del calabozo”, lo cual generaba largos y acalorados debates. Observé cómo aprendían a relacionarse entre sí, cómo utilizaban la lógica para superar los lances inesperados del juego, cómo empleaban el arte de la negociación y otras innumerables estrategias que no hubieran podido poner en práctica en otras actividades ofrecidas durante su jornada escolar. (Esto que cuento ocurrió antes de que los medios de comunicación estigmatizaran los juegos de rol, a los que llegaron incluso a relacionar con la brujería).
Lo comentado hasta aquí constituye tan sólo una pequeña muestra de las numerosas pequeñas raposas de dudas, temores e incertidumbres que pueden minar la confianza de los padres. Existe una canción de un musical de Broadway que ofrece, en mi opinión, una buena solución a este problema: “Siempre que tengo miedo, mantengo la cabeza firme y silbo una melodía alegre para que nadie sospeche de que siento miedo (o inquietud o preocupación o dudas). Silbo una melodía alegre y cada vez que lo hago la alegría que me invade disipa mis temores”.
¿Suena demasiado simple? Determinad cuáles son vuestras pequeñas raposas y cubridlas de una luz positiva. De modo que la abuela discrepa de vuestra opción educativa y los niños son aves nocturnas a las que les chiflan los juegos de rol. Todas son raposas positivas. Creed que son positivas y lo serán. Vivid con ellas; trabajad con ellas... de manera positiva.

(1) Cantar de los cantares 2, 15
(2) Se refiere a los grupos locales de apoyo. En España, que sepamos hay dos organizados: “Aprender y Vivir” (Cataluña) y “Familias de Madrid que educan en casa” (aprenderyvivir-owner@yahoogroups.com; http://groups.msn.com/FamiliasdeMadridqueeducanencasa).
(3) Ciclo Superior de Educación Primaria.

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